LAS LEALTADES
Delphine De Vigan, Anagrama, 2019
La manera de trocear la trama en personaje por capítulo resulta muy adecuada al estilo directo, visceral de narrar que tiene la autora. Te obliga atender sin respiro porque puede que te pierdas la clave de cada personaje, cada vez que lo trata o sencillamente interviene en primera persona.
Me gusta mucho la diversidad personal que introduce en los protagonistas, ninguna es solamente de una manera o solamente con un objetivo. Todos y cada uno van apareciendo como un caleidoscopio, bien porque lo expresen ellos mismos, bien porque la narradora lo deja caer en los breves capítulos que dinamizan la historia, hasta volverse un torrente en las cincuenta últimas páginas.
Un par de adolescentes, sus familias y su instituto, con su profesorado, en una gran ciudad actual. Las circunstancias marcando cada paso que dan, especialmente Théo, el protagonista o la excusa, podríamos decir, del resto de personajes que lo rodean.
Los adultos son tan cercanos que pueden ser tus vecinos o tus compañeros del trabajo, incluso algunos de tus familiares o amigos íntimos. Sus contextos determinan la vida de los adolescentes, sus estados personales, anímicos y físicos junto al paso del tiempo.
Crecer en una casa u otra, tener una infancia más o menos normal o no tenerla, condiciona el resto de la vida empezando por la adolescencia, el nivel inmediatamente siguiente a la niñez. Es ahí donde se sitúa la vida de Théo, donde se bucea para darle sentido, donde se reconstruye el día a día para entenderlo y para buscar explicaciones, causas, responsables, de su estado a las 13 años.
Internet, el alcohol, el trabajo, las parejas y la edad conforman las estancias de las familias implicadas, los padres y las madres son elementos decisivos, por sus fuertes emociones sin gestionar que les impiden aceptar la vida que tienen, por sus pasados con expectativas incumplidas, por sus fracasos hasta el fondo del pozo y por sus dobles identidades sobre las que sostener el presente. No hay estereotipos, hay personas concretas, crudas, reales.
El instituto como ese otro lugar obligatorio en la vida de nuestros jóvenes urbanos. La implicación del profesorado, su conocimiento, sus estrategias de resolución de problemas, sus maneras de gestionar los acontecimientos más allá de las clases convencionales. Cada miembro del claustro tiene su mochila y con ella trabaja e influye en su alumnado y sus compañeros. Una de las protagonistas, puede que la que más, es profesora, un personaje muy bien planteado que, además de mostrar su personalidad, denuncia un sistema educativo insuficiente, prejuicioso y lento.
Parece que desviara el tema cuando se centra en la madre del compañero del protagonista, sin embargo, tengo la sensación de que es esta mujer quien mejor refleja lo que está pasando con los chavales al contarnos su vida desde que era pequeña.
Es una novela que te atrapa y no te suelta hasta el final. Muchos asuntos importantes de la vida aparecen expuestos, más o menos tratados, para que pensemos en ellos. Las relaciones sociales, familiares, laborales, amistosas, ni más ni menos, nuestra esencia que, en la actualidad, incluye internet, alcohol, soledad, insatisfacción...y no podemos olvidad el título, lealtades, cada uno a su modo es leal a algo, ya se al pasado, al presente o incluso a un futuro que necesariamente va a ser desde lo que les está pasando.
No se puede expresar con menos. Esta virtud que adorna a la autora, en esta novela resulta un elemento imprescindible para interpelarnos y asomarnos a la ventana por la que se cuela la vida de Théo y Mathis, Hélène y Cécile.
Todos los dilemas morales que plantea están a la orden del día.



