UN DIOS SALVAJE
Yasmina Reza, en el teatro Alcázar, Madrid
Tengo la sensación de que esta obra teatral sigue triunfando porque los dilemas morales sobre la educación de nuestros hijos no se pueden resolver. Me refiero a cuánto pesa el ejemplo que padres y madres da a sus descendientes, cuánto sus trabajos, sus aficiones, sus vocabularios e intereses, cuánto pesa el tiempo que comparte, qué hacen juntos, a qué extraescolares les llevan, cuánto pesa el amor que les profesan o la atención, cuánto pesa el modo en que se les cuida o descuida, las conversaciones con ellos, los silencios y los gestos cuando están delante, cuánto pesa el móvil y la estética de la casa...
El teatro Alcázar es un recinto ideal para obras íntimas, irónicas, porque la cercanía con el elenco actoral debe ser próxima. Este texto contiene tanta intimidad e ironía que habría que estar casi en el escenario junto a las parejas de actores para apreciar el nivel de importancia de lo que dicen y hacen.
Los cuatro son grandes actores, ellas representan muy bien a dos tipos de madres preocupadas por el comportamiento de sus hijos de once años, si son agresivos o si se defienden, si son víctimas o verdugos, si deben disculparse ante el otro o pedir disculpas. En realidad, son ellas las que están en juego, sus ideas y maneras de ser, cómo ven las relaciones entre iguales, las que no son entre iguales incluso el papel que tienen en la pareja.
Ellos se aproximan a los tópicos machistas bien disimulados, cuidándose que no se les vea demasiado el macho que llevan dentro, por eso acuden a los puros, después del alcohol que comparten los cuatro, como símbolo de éxito y poder ya sea en la pareja, dominio, o en el trabajo, control.
Agresiones físicas, psicológicas, continuas desde la más tierna infancia, condicionan nuestra vida adulta y la educación que transmitimos, las relaciones personales que mantenemos en casa y en el trabajo. Todo empieza ahí, en casa mientras crecemos.
¿La educación es una cuestión de principios éticos o de consecuencias de las acciones?
El sentido del humor, gracias a los arreglos de la dirección de la obra, consigue relativizar el peso grave de la trama y así, que desde el patio de butacas, disfrutemos de la mala educación imperante recibida y transmitida sin esperanzas de que vaya a cambiar nada.
Está muy bien que el teatro nos interpele en las cosas importantes y diarias. Tal vez, esta sea la razón de que siga en cartelera, con versiones cinematográficas incluidas, tanto tiempo.

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