RUIDO
Ingride Santos, 2025
Barcelona, jóvenes, rap. Hay batallas de rapear para concursar en otras batallas y de estas otras para otras más y así en una sucesión de exigencias para tener éxito. En ese camino quiere entrar la protagonista, una chica de barrio, de padres malienses, estudiante que vive con su madre y su hermana pequeña porque el padre falleció hace un par de años.
La directora retrata la vida de barrio, sus habitantes, las casas, las calles, los trabajos, el metro, la diversidad de Barcelona con naturalidad. Hay personas con procedencias diferentes, culturas variadas, mezcladas, que conservan sus tradiciones o las rechazan. Especialmente aparecen mujeres, aunque cuando hay algún tipo de poder desaparecen y entran ellos, ya sea el manager, el tío o el competidor. Todos manejando las circunstancias, dominando la situación y por supuesto a las mujeres, diciéndoles lo que tienen que hacer, lo que tienen que decir y a qué pueden aspirar.
En las batallas raperas se dice de todo sin filtros, cuanto más ofensivo es más jaleado y aplaudido. Cuando una de las personas que batalla es una chica las expectativas se vuelven ridículas, la intimidan y la echan del territorio masculino, varonil, macho.
Pero una vez es diferente. Aguantando insultos racistas, machistas, corporales, estéticos, sexuales y de cualquier otra índole, Lati pelea la batalla y el público la hace vencedora, algo así como el sí se puede cambiar la cultura del rap.
La directora, entre palabras, rimas e improvisaciones, va incluyendo retazos de la vida familiar de la protagonista, sobre todo de su madre y sus lazos con la familia de Mali. Queda claro que una nunca se va del todo del lugar del que salió, de su familia y educación.
La mirada diferente a la hora de afrontar las relaciones familiares entre la madre y la hija resulta muy revelador del estado real de las generaciones de migrantes, entre quienes llegaron hace décadas y quienes han nacido aquí. Es un cruce de caminos, de maneras de apreciar el mundo o vivirlo. Todas ceden y se encuentran porque las emociones importan, esas que impulsan los textos de la rapera.
Es fresca y es lo de siempre. Merece la pena verla y oírla.

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