ROSA MARÍA CALAF
Algunas veces quería ser abogada (para defender a quienes no podían pagarse un abogado), otras bióloga (para defender el medio ambiente), y también quise ser periodista (para saber qué está pasando en el mundo y contarlo). Mis preferencias sobre lo que elegir cuando fuera mayor estaban claramente condicionadas por mi educación, de la que formaba parte la televisión pública, las series, los documentales y los telediarios, de los años 80.
Ahí estaba ella, con sus pendientes originales, su voz familiar, sus entornos exóticos y su verdad ante los hechos. Qué fácil parecía ser periodista en lugares lejanos, guerras, con personas anónimas y conocidas, ofreciendo temas actuales que enriquecían la visión del mundo, y así, la posición ante el mundo, aunque fuera desde un pequeño pueblo de La Mancha conquense.
¡Qué mujer tan bien puesta! decían las mujeres mayores de mi casa, cuando aparecía en la tele entrevistando o en medio de la calle.
Me alegro mucho por el reconocimiento del Ministerio, en este caso, hay méritos sobrados, currículo extenso, profesionalidad de escuela y feminismo activo necesario. Rosa María Calaf lo tiene todo (y lo puede demostrar cuando sea, ante quien sea), cualquiera puede comprobarlo, si quiere. Calidad por los cuatro costados. ¡Mujer tenía que ser!
Hoy la televisión no tiene el papel que tenía en mi juventud, pero ha influido en muchas ideas y comportamientos de generaciones que ahora tenemos más de cuarenta años, incluso en la elección de profesiones, creando vocaciones, que son compromisos en la vida, maneras de estar y habitar donde quiera que vivamos. En mi caso, periodistas como la Calaf son un referente claro.
Acabé siendo profesora, de Filosofía, así que un poco de periodismo sí que practico, el de enseñar la verdad y analizarla, el de provocar preguntas y abrir perspectivas nuevas sobre los hechos, el de transmitir otro mundo posible.
Gracias a Rosa María Calaf, que sigue siendo un gustazo escucharla, y enhorabuena por el merecido premio.
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