sábado, 7 de mayo de 2022

SILENCIO

 SILENCIO

J. Mayorga, 2022


Anoche, en el Teatro Auditorio de Cuenca, Blanca Portillo, en monólogo de 100 minutos, convocó a todos los silencios y los mostró para que calláramos por mil razones y de mil maneras posibles. 

Todos los silencios de Juan Mayorga, que proceden del teatro griego, del teatro del Siglo de Oro, del teatro moderno, del contemporáneo y del vanguardista, aparecieron sobre el escenario en el cuerpo y voz de Blanca Portillo que a todos y a cada uno representó, llenando el escenario con movimientos continuos, incluso cuando no caminaba, con voces diferentes, con dramas y comedias, con canciones y onomatopeyas, y especialmente con gestos. Todos los silencios son gestos y todos los gestos estuvieron en el escenario anoche.

Maravilla, maravillosa, maravilloso. El equipo técnico fue, sencillamente, perfecto. Importantísimo en los monólogos que las luces y el sonido, junto con el decorado, estén a la altura porque más que nunca forman parte del espectáculo, no se pueden ocultar o disimular tras la danza o el barullo de la compañía de actores, están constantemente presentes para ser ellos también el monólogo. Anoche fueron adecuados, ajustados en todo momento, en todo el espacio.

Por supuesto, la crítica fue una constante. El teatro, en esencia, es la expresión artística más humana y por tanto la más idónea para la expresión humana en todas sus dimensiones, así que la crítica estuvo presente, en el uso del femenino en las palabras protagonistas, las que hacían, las que ostentaban el poder, en primera persona, en la palabra ACTRIZ, MUJER (Antígona, Bernarda, Rosaura), VÍCTIMA. Denunció la rigidez absurda de la Academia con los términos extranjeros, nuevos, aunque si vemos las novedades en los últimos años se sigue advirtiendo cierto sesgo economicista, machista, en definitiva en favor del poder establecido conservador y tendente a mantener lo establecido. Eso sí, Blanca Mayorga habló de la Academia como la casa de las palabras, jugó con ellas para hacernos ver que las palabras  iban y venían, moviéndose por toda ella, vitales, ágiles y bulliciosas, tal como es la vida humana.

Mostró la soberbia del poder, del abuso del poder en muchos momentos pero cuando fue Inquisidor ante Cristo (Dostoievski, le gustan los rusos, los autores rusos...) nos dejó temblando de miedo y de verdad, dijo que el dominio del ser humano por la palabra es posible y que ni el mismísimo hijo de Dios, así volviera mil veces, se lo podía arrebatar, entre otras cosas, porque su poder, el del Inquisidor le permitía asesinarlo ante una multitud ávida de sangre, también sangre de Cristo. El poder absoluto de las religiones, que en distintos lugares se confunde con el político es, sin duda, el más fuerte, el más peligroso y criminal.

Las alusiones a la vida cotidiana permanentes entre tanta muestra de conocimiento, de elocuencia, de arte escénico, nos mantenía alerta para reconocer y reconocernos en las palabras, en los gestos que eran amistosos, de reproche, advertencias, peticiones, bromas, órdenes y negaciones, eran lágrimas y carcajadas. Magistral.

Volvería a ver la obra, a escuchar a Blanca, a leer a Mayorga quien, espero que como hizo con El cartógrafo publique el texto de este maravilloso Silencio. 

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