EL PASO DEL TIEMPO
No sé qué tienen las vacaciones que me suelo detener más en las cosas, me paro con tranquilidad, asimilo lo que tengo delante como si lo entendiera por primera vez. Me pasa con los viajes. El tiempo es distinto al de los demás días y lugares.
Callejear por una ciudad romana, medieval, moderna y contemporánea resulta un placer. Las murallas y arcos, los templos y estatuas, teatros, circos, catedrales y paseos marítimos. Todo resulta bien encajado, incluso lo que no encaja o se ha construido sin demasiado cuidado, sin rigor en los materiales o los gustos.
El Imperio Romano pone las bases del paso del tiempo (aunque antes ya había construcciones y que aprovecharon los romanos a su llegada) permitiendo que veamos todavía, desde el siglo II: teatro, acueducto, anfiteatro, circo y murallas. El Museo Arqueológico conserva piezas muy valiosas que, temporalmente, expone en el puerto, concretamente en el Tinglado 4, mientras duren las obras de su restauración.
Pensar que algo nos pertenece porque está en el mismo territorio que habitamos es tan ridículo como pensar que lo que está lejos de nosotros no tiene nada que ver con lo que somos. La historia, en forma de arqueología también, nos enseña a formar parte de la humanidad, de la que existió antes y de la que existirá después de nosotros. Somos los mismos y vamos cambiando.
Hoy, que algunos hombres poderosos se saltan las leyes, podemos recordar que solo por las leyes ha habido y habrá civilizaciones que se asienten sobre otras y se dejen asentar por las venideras. Entre las ruinas hay leyes, fuera de las ruinas hay leyes, porque si no las hubiera no habría nada, ni una piedra puesta sobre otra, ni una grada de circo, ni un altar o un capitel, ni una fuente ni un mosaico.



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