domingo, 21 de junio de 2020

LA MUERTE DE IVAN ILICH
Leon Tolstoi, Salvat, 1969




Es como Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, desde la página uno ya sabes el final, solo que en siglo XIX en Rusia, con un realismo poco mágico y muy psicológico.

Por recomendación de un compañero y como sugerencia para tratar la muerte en la asignatura Ciclo Vital II de 1º de Psicología de la Universidad de Valencia.

El caso es que son 80 páginas trepidantes, sobre todo después del entierro que sucede al principio. Aparece la vida entera del protagonista, entreteniéndose en aquellos aspectos más importantes para él como su formación, su trabajo, su matrimonio, sus hijos y especialmente su enfermedad y muerte.

Es inevitable no asociar el aspecto conocido en fotos de Leon Tolstoi con la imagen que nos hacemos de Ivan Ilich. Las barbas y la delgadez son dos valiosas semejanzas que nos acercan a ambos, el real y el ficticio. Es más verosímil el texto si piensas en el autor como protagonista.

La descripción que hace del dolor, del sufrimiento, del desprecio a los demás y a sí mismo, del miedo a la muerte, a la soledad, del consuelo que encuentra en su criado, de la luz última...es prácticamente todo el relato. A penas le dedica unas pocas páginas a episodios de la vida amistosa, laboral o etapas anteriores a la enfermedad, eso si, lo hace tan bien que no necesitamos, como lectores, nada más para poder hacernos una idea de los hechos. Los compañeros de trabajo y la familia son los personajes que acompañan a Iván en su vida y en su muerte.

Saber cómo puede ser algo hace que le pierdas temor y lo trates con normalidad. Tolstoi nos presenta a la muerte tras una enfermedad, con una gama variada de sensaciones y sentimientos, de ideas y gestos que podemos entender y casi ver perfectamente. Es tan individual, cómo no, que todo lo demás, todos los demás, son innecesarios, meros figurantes, como una mentira (palabra que enerva a Ivan y la piensa con desprecio hacia todos y hacia todo)

Si pudiéramos pensar en la muerte sin asustarnos, sin dolernos, tal vez la afrontaríamos mejor y nuestros seres queridos podrían sentir más fácilmente consuelo. Veríamos la medicina de otro modo. Probablemente la eutanasia no supondría ningún conflicto sino todo lo contrario, la entenderíamos como una opción razonable. Tal vez los cuidados, las atenciones finales, incluso las visitas, también se valoraran más.

Cuando el protagonista cobra conciencia inequívoca de que se muere se pregunta qué es lo que ha hecho mal y se responde que ha hecho todo lo que debía. Y es que los deberes no siempre tienen que ver con la vida, pero la muerte sí.

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