domingo, 21 de julio de 2019

BERTOL BRECHT

Vida de Galileo, 1939



Galileo y Sagredo comprobando todas las hipótesis, tomando conciencia de la verdad, que "es hija del tiempo, no de la autoridad", llegando al momento de cambiarlo todo, teniendo razón.

He podido ver representada la obra en dos teatros diferentes, por compañías diferentes y en momentos diferentes de mi vida. Cada curso escolar, procuro volver a leer con mi alumnado de bachillerato esta obra de teatro tan contemporánea. El caso es que hay escenas fascinantes y diálogos intocables por lo exactos que resultan tantos años después de ser escritos.

Los mismos inconvenientes poderosos que llevaron a Galileo a negar la teoría copernicana recientemente demostrada y confirmada por él mismo y sus ayudantes, en el siglo XVII, se han mantenido con los mismo objetivos y resultados hasta nuestros días. Nada reprime más, ni por dentro, que lo políticamente correcto. Siempre hay intereses inhumanos (demasiado humanos, me temo) perversos, que alimentan el poder político (o religioso, son el mismo) cuya afán principal es mantener oculta la verdad.

Esta obra maestra, lo es del teatro, ese teatro que sirve para hacernos ver, no sólo con los ojos sensibles, la verdad, y lo es de filosofía, esa filosofía que se sigue empeñando en no conformarse con lo que se nos dice, con las seguridades aparentes que se nos meten por los ojos, esta vez sí, los ojos sensibles que ven la tele y las redes sociales.

Teatro y Filosofía, una pareja perfecta para enseñar, para aprender y especialmente para crecer.

En la foto Ramon Fontserè, dirigido por Ernesto Caballero en el Valle Inclán, Madrid, hace tres años.


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